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Rosa Elena Curruchich (1958-2005, San Juan Comalapa / Chi Xot) es reconocida como la primera pintora indígena en Guatemala. Nieta de Andrés Curruchich —considerado el primer pintor indígena del país, que se pensase a si mismo como pintor— Rosa Elena expandió este linaje de una manera contundente. En una época en la que la pintura era un oficio exclusivamente masculino en su comunidad, ella se atrevió a asumir un rol prohibido. Lo que siguió fue una trayectoria marcada tanto por la adversidad como por su coraje.

Cuando algunos de los pintores de San Juan Comalapa la descubrieron pintando, Rosa Elena enfrentó abusos físicos, psicológicos y sexuales. La violencia que sufrió la obligó a pintar a escondidas, transformando su práctica en un acto de resistencia. A raíz de eso, ella desarrolló obras en miniatura suficientemente pequeñas para pasar desapercibidas y ser transportadas sin llamar la atención, pero vastas en su significado. De escala íntima pero de implicaciones monumentales, cada figura, gesto y escena afirma la dignidad, la determinación y la centralidad de las mujeres mayas cakchiqueles en la vida comunitaria.

Pintando escenas familiares y comunitarias, tradiciones y rituales, y escenas cotidianas, su obra es tierna y a la vez política. A través de ella, Rosa Elena reafirma el rol de las mujeres en el corazón de la sociedad, transformando sus lienzos en espacios de refugio, testimonio y resiliencia. Al colocar a distintas mujeres en el centro de sus composiciones—madres, tejedoras, comadronas, hijas—ella les crea un lugar en la historia del arte y también en la memoria colectiva.

Aunque su trabajo fue desconocido a gran medida por décadas, recientemente ha atraído mucha atención a nivel internacional tras ser incluido en varias exposiciones institucionales importantes, incluyendo la Bienal de Venecia en 2024 y una exposición bipersonal junto a Angélica Serech en el Museo Universitario del Chopo en Ciudad de México (curada por Miguel López, y actualmente itinerando en La Nueva Fábrica en Guatemala). En octubre de este año, el Museu de Arte de São Paulo (MASP) abrirá una exposición personal, acompañada de su primera monografía, que obliga a una revisión de la historia del arte para incluir las contribuciones conceptuales y políticas de distintas artistas indígenas en Latinoamérica.

Entre esas artistas, Curruchich resalta como una pionera, que pintando bajo amenazas y a escondidas, generó un cuerpo de trabajo con una estética propia, y un valor político, cultural e histórico de suma importancia. Su obra anticipó preguntas importantes en torno a la violencia de género, las políticas de la representación y el aguante de la memoria, en donde cada pintura a pequeña escala es a la vez un contenedor de experiencias vividas y un testimonio luminoso de la supervivencia colectiva.

Su stand individual en Art Basel 2026 ofrece una oportunidad única de encontrarse su trabajo en miniatura, no como artefactos etnográficos o arte naïf, si no como formas de expresión y sobrevivencia deliberadas y sofisticadas. Al reafirmar su práctica entre un marco de arte contemporáneo, la presentación la reconoce como la primera mujer pintora indígena de Guatemala, y nos recuerda que el arte puede ser frágil y perdurable a la vez.